martes, 31 de enero de 2017

Ello



El sonido del metrónomo golpeaba mis sienes. Pugné por bajar mi ritmo cardíaco hasta sintonizarlo con su ritmo lento y constante, alejando mis demonios de mi interior. Me concentré en respirar de forma profunda y pausada y creé una era.
Era blanca y negra. Como un tablero de ajedrez, pero sin limitaciones de color claras. La dualidad de tonos se entremezclaban como en un lienzo  improvisado, como la propia era.
Excepcionalmente amplia y diáfana. No había ruido, con lo cual el eco del metrónomo hacía sonar una doble percusión que ya confortaba un esqueleto melódico de tinte oscuro. Ese eco parecía la verdadera parte primaria de los sonidos originales, saliendo a la luz.
Comenzó a fluir todo al sonido del tic-tac inicial y del TIC-TAC secundario.
En mi mente busqué un posible contrincante. Descartada esa opción que me sacara de mi estado, decidí crear un patrón de adversario más caótico. Menos previsible, pero más eficaz. Uno basado en la disgregación de mis partes más frágiles. Lo fragmenté y lo distribuí aleatoriamente para posicionarlo ante mí.
Una corriente baja comenzó a filtrarse por las delimitaciones de las paredes que confortaban la jaula.
Inspirar, espirar.
Tic-Tac. TIC-TAC.
La corriente comenzó a subir por mis piernas, y noté un golpe desde detrás en el talón y me desequilibré y caí. Lo hice de forma experta, con las muñecas flexionadas y nada más posar las manos me incorporé grácilmente girando sobre mí misma, para encarar esa fuerza invisible que me había hecho caer.
Sonreí. Otro golpe aconteció por mi costado y sin darme tiempo a volver a coger aire, me empujó como si la colisión lateral de otro coche me hubiera envestido. Mientras me conducía hasta un próximo impacto contra el lateral de la jaula, giré noventa grados hasta ponerme de frente a la pared a la que iba a impactar. Logré inclinar las piernas lo suficiente para amortiguar el golpe y catapultarme contra la fuerza que me tenía controlada. La materia se desvaneció con lo que terminé rodando varias veces por el suelo hasta conseguir frenar la inercia que me impulsaba.
En el último impás del segundo TAC, se materializaron de forma tenue ramificaciones que parecían salir de todas las paredes de la jaula. Inmediatamente tuve que girar la cara para evitar que se clavaran en mi cabeza, pero no pude ver la ramificación que me atravesó el costado izquierdo. Girando el torso, conseguí sacarla mientras el calor de la herida desgarrada bañaba mi pierna.
En este tipo de eras, todo era real. Todo incluso la muerte. Si algo de lo que había conjurado conseguía acabar con mi vida lo haría. No de forma definitiva, pero sí lo sentiría. Y un brevísimo período de tiempo estaría muerta. Hasta que la era se desvaneciera como lo haría su propia creadora. Y en el momento en el que se esfumara el último resquicio de esta, volvería a la vida. En el mismo lugar donde la creé. Era un seguro, sin duda. Pero las cicatrices durarían durante una semana. Un mal menor.
Comencé a no poder respirar de forma óptima, y se tornó una respiración mucho más superficial, con lo que comencé a jadear como una primeriza y a cansarme mucho más rápido.
Intentando seguir los tonos de metrónomo que resonaba de forma constante, me puse a analizar el patrón caótico de las ramificaciones. Partían de todas las paredes, pero su ritmo se podía medir.
Cuando partían nuevas ramas de las paredes, su crecimiento era mucho más rápido, que cuando alcanzaban el metro de crecimiento. Luego era lento y medianamente constante. Me encontraba rodeada con lo me dispuse a atajar a mi adversario de raíz. Me propulsé sobre las ramas que ya más lentas seguían entrecruzándose entre sí y me dirigí hacia la pared izquierda. Las ramas me desgarraban la carne cuando me cruzaba en su camino, me escocía todo el cuerpo y la cara. Por suerte me había hecho una coleta alta antes de venir a mi circo particular. Tardé en llegar cincuenta y seis Tic-Tac´s reales y cincuenta y seis TIC/TAC´s fantasmas. Cuando lo hice comprobé que el nacimiento de las ramificaciones era considerablemente más gruesas que el resto. Encaramada en una ramificación a un metro por debajo de mi objetivo, apoyada con las manos icé mis piernas y comencé a golpear con las espinillas contra el tronco floreciente. Cada golpe mellaba mis piernas, y hacía que emitiera un gruñido seco mientras me sujetaba con mayor fuerza a mi soporte. Las astillas que se iban formando se clavaban en ellas, pero empezaba a debilitarse. El sudor caía por mi cara hacia abajo y se metía en los ojos haciéndome llorar. Golpeaba una y otra vez, con la mirada fija más allá de ese lugar mientras arrancaba lenta y dolorosamente ese tronco entre miles. De vez en cuando lentamente se aproximaban ramificaciones más lentas hacia el lugar donde estaba, con lo que tenía que recostarme sobre el tronco que me sujetaba hasta que se posicionaba el nuevo. Cada vez era más complicado seguir en el mismo lugar, pero tenía que extraer ese maltrecho tronco. Cuando lo arranqué de la pared y cayó, esta quedó mellada. Se agrietó el lugar de donde había surgido y esta se extendió por las paredes y el suelo. Pronto todos los troncos se precipitaron hacia abajo, sepultándome con ellos.