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lunes, 16 de enero de 2023

La cadencia de El Pulso Rojo (Parte I)



Empezó mi formación dos noches después del encuentro con el señor Kiyoshi en los Jardines Kioto, al tiempo que un torbellino de emociones parecía estar a punto de desestabilizarme, como si un mar revuelto estuviera estallando contra las piedras, en mis entrañas. Las noches estaban plagadas de pesadillas que fusionaban de forma perversa las imágenes de la grabación de Jürgen en aquel jacuzzi, viviendo hacia mí, acariciando mi rostro, para terminar estrangulándome; con recuerdos de las noches que pasábamos en la habitación anexa a su despacho, cuando aún trabajaba para él en Overlooker.  Donde nuestros cuerpos se fundían contra las cristaleras tintadas de aquella torre de babel cromada, que se alzaba insolente hacia el cielo, presidiendo la City. El despertar era demoledor. Tenía que enfriar tanto mis emociones como mi cuerpo y autoaplicarme una severa reestructuración cognitiva, recordándome como un mantra, cada una de las afrentas a las que él me había sometido y por las que aún seguía pagando, ahora junto a mi nueva familia, para poder sobrevivir.

Mi entrenamiento se inició en “El Pulso Rojo”. Esa misma noche, recibí otro paquete, esta vez envuelto en seda negra de la mejor calidad. Cuando lo abrí, me sorprendí del contenido. Por lo general, la ropa que me proporcionaban era de cierta calidad, no comparable a la que tenía delante, pero totalmente comedida. Sin escotes, de un largo hasta el tobillo y por supuesto, nada de transparencias. Tenía que pasar totalmente desapercibida. Así que cuando lo extendí sobre la cama, pensé que se trataba de una equivocación. Por un lado, un corsé negro de varillas metálicas, que enmarcaba perfectamente la cintura y las caderas, dejando totalmente descubiertos los senos. Tenía las tiras de enganche para sujetar las medias negras de encaje que venían con él y un minúsculo tanga rojo. Debajo, reposaba un batín negro semitranspartente con forma de kimono, que se anudaba cruzado hasta el tobillo. Sin saber el por qué, me lo puse. Cogí del armario, un abrigo igualmente largo de lana negro que anudé lo más fuerte que se puede atar una prenda así. Tocaron dos golpes suaves y secos en la puerta y sin esperar a que abriera, lo hicieron desde fuera. Los mismos custodios que me llevaron a mi cita con el señor Kiyoshi. Los dos guardaespaldas vestidos nuevamente con sendos kimonos negros y gafas de sol reflectantes. Detrás de ellos dio un paso adelante y apareció entre ellos una geisha, de rasgados ojos lavanda, maquillada como una Catrina mexicana. Vestía un kimono negro y corto de látex, que como una segunda piel enmarcaba su exuberante figura. Era más baja que yo, pero emanaba autoridad. Su media melena recta azul neón en su parte derecha, contrastaba con la media cabeza rapada del mismo color, mostrando una docena de pequeños aros plateados pendiendo de sus orejas. Su escote insinuaba casi en su totalidad la mitad de sus generosos pechos y de su torso blanquecino. Calzaba unas sandalias abiertas, hasta las rodillas, de tacón de aguja plateado. En su mano derecha, llevaba un abanico carmesí con cuchillas, que la ubicaba como trabajadora del templo de placer de El Pulso Rojo. Su forma de mirarme fue escrutadora. 

- Quítate eso -siseó tan suavemente que creí que lo había imaginado.

Miré a los impertérritos guardaespaldas, que seguían con sus rostros hacia adelante, sin haberse movido un ápice. Mi reflejo en sus gafas me hizo recordar  a un cervatillo aterrado, ante un depredador en mitad de la noche.

Un golpe seco y rápido me hizo volverá a fijar la vista en ella. Me había golpeado con su abanico en el muslo.

Dejé caer el abrigo, viendo mi desnudez en sus miradas. Sus ojos lavanda recorrieron cada centímetro de mi anatomía, mientras me evaluaba.

- Gira. Léntamente. -Volvió a susurrar-. Notaba su mirada en cada palmo de mi piel. Una furia caliente y espesa, recorrió todo mi cuerpo desde los dedos de los pies, hasta la coronilla. Dí una vuelta completa y volví a pararme frente a ella. Lo sabía, era ella la que decidía si iba a comenzar siquiera mi venganza. Así que cuando estuve ante ella, no pude menos que echar los hombros hacia atrás y abajo, adoptando una postura recta, digna e incluso altiva. Mis ojos se clavaron en los suyos desafiantes y sin poder contener mi lengua, me acerqué sibilina a su oído, pegando mi cuerpo al de ella, al tiempo que echando mano del palillo metálico que sostenía mi moño bajo, lo acerqué a su yugular, a su vez, noté el metal de su abanico pinzando la femoral de mi muslo derecho.  En ese duelo de vanidades, sólo pude exhalar...

- ¿Te gusta lo que ves?. 






miércoles, 4 de enero de 2023

The point of no return




Tras unas semanas de recuperación en las instalaciones médicas de Unitec, en los que únicamente recuerdo breves momentos de vigilia, donde una enfermera con la cara cubierta por una mascarilla con válvula, monitorizaba mis constantes vitales, me dejaron volver a mi apartamento en la zona residencial, alejada de la polis. Mi hogar, era un cuartucho pequeño, con pobre aislamiento, en el último piso de esa mole de setenta pisos de hormigón descascarillado, propia de una república exsoviética. Cinco bloques de edificios de la misma magnitud y estructura, cada uno pintado de un color estridente, que contenía los estratos más bajos de la sociedad de Unitec. Las personas pertenecientes a los gremios de limpieza, mantenimiento y demás obreritos que sustentaban las punteras instalaciones de Unitec, malvivían ahí. Mis amados vecinos. Todos ellos, sabían que ahí residía alguien de peor alcurnia que ellos, por lo que a pesar, de malvivir en las mismas condiciones precarias que yo, el hecho de que alguien estuviera por debajo, les hacía sentir mejor. ¿Cómo culparles?
Cuando abrí la puerta de casa, todo estaba perfectamente desordenado, cosa que según estaban las cosas no me importó. Cerré la puerta  y me senté entre el cúmulo de cosas que me resultaban alienantes. Mi ropa, el cepillo de dientes, la cuchilla de afeitar…
Estando a punto de desmoronarme, vi cómo deslizaron suavemente un pequeño sobre por debajo de la puerta. Aparté forzosamente la vista de la cuchilla y me arrastré como pude hasta él. Una gota roja mancilló ese pequeño sobre dorado con la inicial del señor Kiyoshi, elegantemente cincelada en el lacre rojo que la cerraba. Un leve temblor hizo que se me cayera una vez antes de poder abrirlo.

Veintitrés pm. 
Jardines Kioto
Etiqueta.
K.

Tras una breve ducha, me puse un kimono ceremonial rojo y dorado de raso hasta el tobillo y unos sandalias tradicionales negras. Recogí mi cabello en un moño bajo y clavé un par de palillos negros a modo de sujeción.
A las diez y cincuenta minutos, tocaron a mi puerta y ante mi sorpresa, aguardaban vestidos con sendos kimonos negros y gafas de sol reflectantes carmesís los guardaespaldas personales del Sr. Kiyoshi. Me llevaron en su transporte interurbano, sin puertas, hasta los Jardines Kioto. La transición de paisajes fue bastante abrupta. Una vez dejado atrás “El Complejo”, tras el enorme muro que lo circunda, la altura de los edificios decrece exponencialmente, a la vez que los materiales son más brillantes y cromados. Al girar por una de las calles residenciales con mayores jardines y construcciones más punteras, me doy cuenta de que el silencio parece ser más profundo allí. Tras pasar la última urbanización y recorrer una carretera con varios puntos de seguridad cada pocos metros, llegamos a una verja rojiza, con más seguridad y una garita con cuatro agentes que la custodian con cara de pocos amigos. Tras reducir la velocidad y reconocer a la guardia del Sr Kiyoshi, autorizan el paso y abren inmediatamente la verja carmesí. Mientras la cruzamos, los cuchicheos y las miradas se clavan en mi nuca. La noche ya es cerrada y el frío de Enero, se mete entre mi ropa y siento como se me eriza la piel. Quiero pensar que es por la temperatura, por lo que mi cuerpo se tensiona y la respiración comienza a acelerarse, a medida que nos aproximamos a mi cita de esta noche.
Frena el vehículo, en total silencio. Y el conductor se apea y me abre la puerta sin mirarme. Inmediatamente cuando lo hago, el copiloto me flanquea el otro lado y me llevan hasta él. La luna, preside el cielo en cuarto creciente y el cielo oscuro, está plagado de estrellas brillando en diferentes intensidades.
El señor Kiyoshi se encuentra de espaldas a mí, pero advierte nuestra presencia al instante, se gira y con un gesto apenas perceptible despacha a los guardaespaldas.
A pesar de su estatura media y su cuerpo fibroso, su postura es tan perfecta, que emana un aura de poder que invita a la escucha. Viste un kimono tradicional blanco, con un obi gris oscuro. Los dos únicos elementos que le ubican en el siglo actual, es su visor azul neón, sobre su ojo izquierdo y su katana aumentada en la espalda, que emite, si se está en completo silencio, un murmullo inteligible. Las luces del jardín parecen atenuarse cuando comienza a hablar, como si estuvieran sincronizadas con el tono de su voz.
- Señorita Walker -susurra mientras junta las manos en posición de rezo en el pecho, aludiendo a un nombre que tenía prohibido llevar desde que me acogieron. Me hizo un gesto y nos sentamos uno al lado del otro en un pequeño banco blanco, frente a un estanque del período Asuka, plagado de peces multicolores. Toda una excentricidad-. Agradecemos su colaboración de estos últimos días -continúa, aludiendo al salvaje interrogatorio al que me vi sometida.- Comprenderá que el contacto que tuvo con su anterior organización fue del todo inadmisible y teníamos que cerciorarnos que no tuviéramos un escorpión alojado en nuestro templo. Ya hemos verificado su lealtad y por eso, se merece pasar al siguiente nivel -su mano se posa delicadamente sobre mi pierna izquierda tan rápido y tan superficialmente, que cuando la vuelve a posar sobre su regazo, creo que mi mente me ha jugado una mala pasada. Su venganza para con su anterior organización y en particular con su ex jefe el señor Westermann. A su vez, merece saber, que hemos intentado privarle de su caza, a través de fuentes más fiables. Entenderá que con su historial de traición e implicación emocional con él, era lo más sensato para nosotros, ya que no deja de ser nuestro mayor competidor, del que estamos hablando. Pero no me mire así, señorita Walker, -dice sonriendo condescendiente sin mirarme-, nuestro activo, no ha conseguido llegar a término su misión. Ella, simplemente, no supo pulsar las teclas, que usted debió pulsar. El mismo Jürgen Westermann, se encargó personalmente de ello.
Con su mano izquierda activa su visor y ante nosotros aparece una grabación en primera persona de la mujer que había sido la encargada de seducir a mi ex jefe. La escena que se presentaba antes mis ojos transcurre en un hotel de la City. Más concretamente dentro de un jacuzzi, desde el que se ve la ciudad iluminada a través de las grandes cristaleras en plena noche. Jürgen aparece totalmente desnudo y excitado ante la mujer que le tiende una mano menuda con largas uñas azul neón, que le insta para que se meta con ella dentro del agua. Él la mira -me mira- con sus profundos ojos grises entrecerrados por el deseo, y algo más. Tiene una media sonrisa en un rictus extraño que contrasta fuertemente con la manifestación corporal del deseo que ella ha provocado en su cuerpo, y bajando lentamente los escalones, mientras la mano de ella acaricia su cuello, las fuertes manos de este, se extienden hacia adelante rígidas, al tiempo que me echo hacia atrás, golpeándome con el respaldo del banco y la imagen parece empequeñecer, mientras ella entrecierra los ojos. Está siendo brutalmente estrangulada. Justo en el instante en el que su vida se apaga, a la vez que se para la grabación, escucho la voz de Jürgen jadeando mirándome fijamente. – Voy a por ti.
Cuando acaba la grabación, el señor Kiyoshi se levanta y se pone frente a mí, mirándome desde arriba. Yo estoy jadeando, por lo que acabo de ver.
- Bueno, señorita Leah Walker, ¿preparada para la acción?




domingo, 25 de diciembre de 2022

La red de la medusa (II)




Después de haber terminado esa noche en el baño desmayada, tras el contacto con el perro fiel de mi ex jefe, salí por la puerta de atrás, custodiada por mis niñeras de Unitec, de muy malas formas. Nuevamente, volvía a tener el foco de la duda sobre mi nuca y eso era algo intolerable a estas alturas de la película, que había convivido con ellos y sabía más de una de sus mierdas. La nota que encontraron en mi garganta, antes de poder tragarla, con la dirección del hotel y las iniciales de mi ex jefe y director de Overlooker, su gran competidor, no iba a interceder a mi favor. Una vez fuera del Casino Senso-ji, me vendaron los ojos y me pusieron unas esposas cromadas en las muñecas. Esta vez el trayecto de vuelta a las instalaciones lo hice en el maletero. Conectaron los altavoces en mi nueva jaula a niveles poco recomendables para la seguridad auditiva de cualquier ser vivo. Parecía estar en una rave de 1.90 x 55, atada y pateada por un par de osos puestos hasta el culo de anfetaminas. Cuando frenó el vehículo, la música cesó a la vez. Dos segundos después, era sacada por mis custodios y una jeringuilla se clavó en mi yugular. Después la oscuridad fue aún mayor.

Cuando abrí los ojos, estaba en una sala con una luz blanca hirientemente potenciada,  llena de espejos negros bidireccionales, en paredes y techo. Lo primero que ví fue mi imagen destrozada en el espejo del techo y lo primero que sentí fue un dolor atroz en toda la superficie del cuerpo sobre la que estaba recostada. Un somier metálico oxidado, sobre el que alguien se había olvidado de colocar un colchón. Justo cuando me intenté levantar de allí, un ruido atroz estalló en la sala, como si estuvieran emitiendo  sonidos superpuestos de una masacre, llena de colisiones y exploxiones, regados por chillidos inhumanos. Las luces comenzaron a parpadear como si estuvieran presas de un ataque epiléptico, todo dejó de estar donde estaba y lo que me rodeaba, pareció convertirse en el escenario de la guerra que parecía sonar taladrando mi mente. Bestias cromadas desmembrándose entre ellas, a la vez que tropezaban sobre partes orgánicas e inorgánicas retorcidas entre ellas, como si estuvieran fundidas por algún tipo de aleación de metal. Con cada apagón y encendido de luces, esas bestias se aproximaban más a mí hasta saltar sobre mí destrozándome. Cuando esto ocurría la oscuridad y el silencio caían sobre mí como un dulce telón y mi consciencia parecía dejarse ir.  

Con la vigilia, todo volvía a iniciarse como un resorte y la pesadilla parecía volver a comenzar.

No sé cuánto tiempo estuve en ese estado de alteración, si fueron minutos, días o meses, sólo sé que cuando la trescientos veinticincoava vez que desperté, ya no había ruidos y las bestias no estaban fuera. Pero cada vez que parpadeaba, las tenía dentro de la cabeza.

Uno de los muelles sobre el que estaba acostada, terminó clavado en mi costado, mientras lo que parecía un despojo enloquecido me miraba desde arriba, goteando mi sangre.


*** Control de seguridad finalizado. Día diecisiete del programa “indefensión aprendida” de la anteriormente conocida como, señorita Walker. L. Recuento de fallos multiórganicos: 5. Recuento de intentos de autoagresiones: 23. Recuentos de registros psicofisiológicos para detectar esfuerzo cognitivo en la simulación: 1. Recomendación: eliminación del sujeto. Pendiente de autorización del Sr. Kiyoshi. ***






lunes, 22 de marzo de 2021

El baile de las medusas (I)



Ya ha pasado un año dentro de mi nueva familia Unitec. Y como no podía ser de otra forma, la adaptación ha sido espeluznante. Las palabras del Señor Kiyoshi fueron certeras, iba a ser la lacra de su estirpe. Más allá de provenir del linaje contrapuesto, era una traidora a los míos, injustificable escupitajo, al número uno de los sagrados mandamientos de mi nuevo padre. Así que, en mitad del lodo donde me vi envuelta, -gran parte, por su culpa-, decidí aferrar la nueva garra del lobo que se tendía ante mí y así al menos poder elegir.  No era imbécil, no iba a ser fácil, para nada lo pensé. Pero nunca imaginé las sutilezas del filo con que iban a cortar mi piel, mis nuevos hermanitos.

Ni siquiera era de su etnia. Y no tardé en comprobar, que los perros que paseaban, con sus pomposos pelajes, por el complejo de Unitec, iban al menos diez peldaños por delante de mí, en su pirámide disfuncional de clases.  Pero lo intenté cambiar. Aún lo hago. No puedo decrecer, pero cada noche me mato a ejercitar mi cuerpo en la oscuridad de mi nueva celda, para intentar transfigurar lo que hasta entonces Europa consideraba deseable en una mujer. Adelgacé hasta parecerme a ellas, pero no del todo, no podía desencajar los huesos de mis caderas, para ser tan enjuta. Pero las reduje considerablemente. Así como lo hice con mis pechos. Fui dejando crecer mi pelo, al tiempo que comencé a dejar de sentir el sol sobre mi piel. Únicamente cinco minutos al día, lo básico para soportar una vida en escalas de grises. Me quemé la piel del rostro y del cuerpo con ácidos para parecer más blanca. Logré un tono menos disonante, pero me creé eritemas en las zonas más sensibles de mi cuerpo. Me maquillaba como ellas, incluso me vestía como ellas.


Pero variar la genética no estaba en mi mano. Las directrices de mi nuevo hogar, han hecho que me asquee cada rastro de lo que soy. Pero debo de ser una rata obediente, porque a pesar de la masacre sufrida en mi autoconcepto, me levanto cada mañana e intento con mayor esfuerzo, acercarme un paso más a mi objetivo. Ser uno de ellos. Aun así, cuando el reflejo del espejo me juega malas pasadas y vomito todo lo que me aleja de mi nueva manada, algo brilla en mis ojos. Un pequeño fogonazo, como si fuera un débil PEP dentro de una sinapsis excitatoria. Me deja sin aliento y vuelvo la mirada hacia adentro, donde se encuentra bajo llave, una vida menos alienante, pero a la vez, ya surrealista. Mi vida en Overlooker. Entonces me miro y no reconozco el espectro que tengo delante.


Esta noche, la familia sale a una fiesta, para celebrar los éxitos cosechados en el mercado tecnológico. Es el momento de exhibir las mejores galas y ensalzar el orgullo de Unitec, frente a sus competidores. Y ahí estará su piedra en el zapato. Ahí estará la que fue mi identidad hace ya… ¿sólo un año?. Y para ello, se me ha honrado con la oportunidad de compartir los frutos del trabajo duro cosechado con su esfuerzo y dedicación. Depositan mi atuendo en la puerta. Un vestido de color negro, de corte tradicional, hasta el tobillo. Me peino con una coleta baja y me calzo unos zapatos planos. No me dirijo a nadie, ya que nadie inicia una conversación conmigo, como es lo habitual. Espero hasta que señalan la puerta del monovolumen negro de la comitiva. Avanzamos detrás del nuevo prototipo carmesí de la compañía. Se desliza sin rozar el asfalto. En él va el Señor Kiyoshi junto a su triada de confianza.


Las luces de neón multicolor de Tokio me ciegan brevemente, mientras salgo del vehículo. Me  desoriento, ya que no he vuelto a salir del hogar, desde mi llegada, y esto hace que me sienta aún más pequeña. La fiesta es en el Casino Senso-ji, en honor a una antigua secta budista Tendai. Es espectacular, una torre de obsidiana brillante, de más de cien pisos de altura, cada uno atravesado por una franja iridiscente, que parpadea a diferentes tempos y con diversas intensidades.


Nos conducen por encima de una alfombra, que parece de un material vinílico del mismo color que la mole que tenemos delante. A los lados, los paparazzis se apostan intentando conseguir los mejores planos. Sus focos me aturden e intento seguir a la comitiva, sin alejar los ojos del suelo, intentando no tropezar.


La fiesta acontece en el piso setentaisiete del edificio. No tardamos más de cuatro segundos en llegar a nuestra planta, montados en uno de los lujosos ascensores del Casino. La noche se vuelve surrealista. Tardo poco en darme cuenta que la mesa de Overlooker, queda enfrentada a la nuestra, como fichas en una partida de ajedrez. Sus ojos nos observan depredadoramente y algunos especialmente se dirigen a mí. Acierto a reconocer a un par de compañeros, entre el resto de los presentes y presidiéndola, está mi Judas. Evita mirarme mientras charla con Katherine, su mujer, la cual no me quita ojo. Mis antiguos compañeros... Pero yo sigo inmersa en la burbuja de hielo que Unitec, me ha construido, desde mi llegada. Ni siquiera me altera su presencia. Sonrío con los labios cerrados, bebo agua y como lo imprescindible para no llamar la atención y cuando es conveniente, aplaudo. Dos horas después, voy al baño y alguien roza mi hombro. Paul, mi ex compañero de mesa. El recuerdo del desprecio en su mirada, al conocer mi supuesta traición, cruza por mi mente y un breve fuego fatuo parece recorrer mi cuerpo. Ni siquiera dudó. Y por primera vez en tiempo, le pongo a otro en el foco de mis reprimidas miserias. No entiendo sus palabras, todo comienza a dar vueltas en mi cabeza, su voz la escucho no pareja al movimiento de sus labios, mientras su mano coge la mía antes de irse y susurra algo que no llego a entender. Un papel se arruga entre mis dedos, en el momento en que mis vigilantes vienen a ver dónde estoy. Inclino la cabeza sumisa y me meto en el baño.


Mientras respiro entrecortada, paladeo entre los dientes una vieja rabia que creía extinta.


Hotel Grand Hyatt de Tokyo.  Sábado 19:00 pm.

Te lo debo.

J.W.




domingo, 22 de noviembre de 2015

El plato que se sirve frío



27 de Octubre de 2047.
Cárcel Neo Alcatraz 9 pm de la noche.
La presa número 19703 es sacada de su celda en la penitenciaría de mujeres de San Francisco. Ha concluido el horario de visitas  y es la primera que recibe en el medio año que lleva allí.
Un guardia la custodia a una sala privada, en la que un oriental de mediana edad trajeado la espera sentado ante una mesa. Se da cuenta de que las cámaras de seguridad parecen estar apagadas, en el momento en el que el guardia abandona la sala.
Sobre la mesa hay un modelo holográfico de última generación de la marca japonesa Unitec.
Frunciendo el ceño, la mujer se gira para volver a esconderse en el agujero del que la habían sacado. El hombre pulsa el botón y la imagen holográfica del Señor Kiyoshi aparece frente a ella.  Elegante y trajeado, como la única vez que le había visto. Sentado sobre una mesa de despacho, en una postura relajada y con una copa en su mano.
- Señorita Walker, antes de que concluya nuestra “comunicación”, quería disculparme enormemente por los daños causados a su persona. Respondiendo a la pregunta que presumo debe tener instaurada ya como un mantra en su cerebro, la respuesta es no. No ha sido nada personal. Usted ha sido el medio para llevar toda la operación a cabo, pero podría haber sido otra persona. Ha sido fruto de la mala fortuna que finalmente haya sido usted la seleccionada. Supongo que siente que Unitec a través de mí, ha sido la causante de su caída social y personal, pero por eso estoy ahora en su agradable compañía.  –Deleitándose brevemente en su bebida continúa-. Quiero resarcirla por el beneficio que nos ha causado. La estocada maestra a Overlooker, con la presunta presencia de un topo nuestro en su férrea sede, nos ha posicionado por encima de la que era nuestra mayor competidora. –Dejando la bebida a un lado sobre la mesa e incorporándose para enfatizar sus palabras prosigue-. Lo que le ofrezco es volver a empezar. Unitec se hará cargo de su deuda millonaria por el tratamiento de su tío, que en paz descanse, la sacaré del cuchitril en el que se encuentra y le ofrezco un lugar en mi empresa. No es caridad. Tenerla en nuestro bando es algo totalmente egoísta. Usted es el símbolo que quiero agitar día tras día entre mis subordinados. No hay mayor motivación que la presencia constante de un estandarte de victoria. No desmerezco tampoco su valía como activo, ni por supuesto toda la información que puede aportarnos, que nos hará más sabios y que nos dará cuantiosa ventaja frente a Overlooker. Tampoco voy a engatusarla con falsas promesas de índole personal, yo no deseo jugar la misma baza que su anterior superior..aunque he de decir que no me desgradó tener que interaccionar con usted para perpetrar el ardiz. Lo que le ofrezco es simple y llánamente la exquisita promesa de la venganza. Y antes de que me entregue a través del Señor Kirasawa su respuesta, he querido obsequiarle con algo. Unas esclarecedoras imágenes que me parecen justo que conozca antes de tomar ninguna decisión.
Advertirle también que aunque llegue a formar parte de Unitec, a ojos de sus integrantes será usted una persona de la peor calaña, una trabajadora desleal. Característica totalmente reprochable dentro de la familia Unitec. Me parecía de recibo advertírselo. Más la alternativa que le brindo bien merecen un par de escollos que solventar. Le dejo con su pequeño aliciente para la toma de decisiones señorita Wallker. Cuídese.
Cuando la imagen del señor Kiyoshi desapareció, comenzó lo que a Leah le pareció un collage macabro. Imágenes de su expulsión de Overlooker esposada como si de una criminal se tratase. Las miradas acusatorias de sus compañeros, sus cuchicheos mientras se la llevaban sin darle siquiera la posibilidad de recoger sus escasas pertenencias. No sabía cómo Unitec podría haber accedido a esos momentos, ni cómo había conseguido lo que ahora el holograma reflejaba. Fragmentos de conversaciones en Overlooker, en los días posteriores a su encarcelamiento. Conversaciones en las que sus propios compañeros la tachaban de ladrona, de mentirosa, de prostituta y de oportunista. No fueron esos sin embargo los comentarios que más le dolieron. Ni siquiera la falta de escepticismo ante lo ocurrido que manifestaron los que entonces fueran sus “cercanos” allí. Con los que convivía a diario en la medida que “el gran hermano” les permitía. Lo que la dejó sin aliento postrada en el suelo de aquella celda, fueron las palabras del que otrora fuera su amante. Su jefe, el señor Jürgen Westermann, riéndose de su fortuna, mientras le metía los dedos entre las piernas a su secretaria Morrison.

Cuando la transmisión cesó, se quedó jadeante mirando si ver. Y mientras las lágrimas quemaban su piel, decidió que hasta su último hálito de vida lo emplearía en hacerles caer.